Érase una vez un niño que descubrió la Luna. Anochecía cuando entre las rendijas de la persiana se coló una luz blanca que se dió de bruces con los párpados del pequeño despertándolo. Se acercó curioso a la ventana y observó como un globo brillante iluminaba el cielo. "¿Qué es?" le preguntó a su padre que fue a la habitación al escuchar a su hijo inquieto. "La luna", respondió. "Yo la quiero", dijo el niño. "Está muy lejos cariño. Ni con el salto más grande podrías tocarla". "Sí que puedo" se dijo mascullando entre dientes al meterse en la cama de nuevo. “Sí que puedo, sí que puedo…” se fue repitiendo una y otra vez. Finalmente le pudo el orgullo y a tientas, sin hacer ruido para no alertar a sus padres, salió al jardín. Miró la noche estrellada y la Luna seguía allí colgada, luciendo blanca. Dió tres, cuatro, cinco pasos hacia atrás y empezó a correr. Saltó, alargó sus pequeños brazos y... No alcanzó siquiera a acariciarla. "No he...
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