El niño que descubrió la Luna
Érase una vez un niño que descubrió la Luna.
Anochecía cuando entre las rendijas de la persiana se coló una luz blanca que se dió de bruces con los párpados del pequeño despertándolo. Se acercó curioso a la ventana y observó como un globo brillante iluminaba el cielo. "¿Qué es?" le preguntó a su padre que fue a la habitación al escuchar a su hijo inquieto. "La luna", respondió. "Yo la quiero", dijo el niño. "Está muy lejos cariño. Ni con el salto más grande podrías tocarla".
"Sí que puedo" se dijo mascullando entre dientes al meterse en la cama de nuevo. “Sí que puedo, sí que puedo…” se fue repitiendo una y otra vez. Finalmente le pudo el orgullo y a tientas, sin hacer ruido para no alertar a sus padres, salió al jardín. Miró la noche estrellada y la Luna seguía allí colgada, luciendo blanca. Dió tres, cuatro, cinco pasos hacia atrás y empezó a correr. Saltó, alargó sus pequeños brazos y... No alcanzó siquiera a acariciarla. "No he corrido suficiente. ¡Otra vez!". Esta vez se alejó un poco más, arrancó con fuerza sintiendo la brisa en sus mejillas, saltó y... No pudo tampoco tocarla. "He corrido bien, me falló el impulso ¡Otra vez!". Apoyó su espalda en la pared, galopó con todas sus fuerzas y brincó como no lo hiciera nunca antes y... Sus pequeñas yemas seguían sin alcanzarla.
El Sol empezaba a desperezarse y la Luna se fue borrando entre intentos frustrados del niño hasta que finalmente desapareció. El crío volvió a su cuarto llorando. En todo el día apenas probó bocado pensando qué hizo mal. "No alargué los brazos, no estiré los dedos como debiera, tengo que subirme a un taburete...".
Al hacerse de noche la Luna volvió a mostrarse, esta vez entre nubes peregrinas pero aún bella y centelleante. El chico corrió como nunca, saltó como nunca, estiró los brazos como nunca, los dedos como nunca, saltó de taburetes, sillas, sillones… y nada. Amaneció, y nada.
Pasó el día gimoteando por la nueva derrota pero barruntado nuevas estrategias para cuando se fuera el Sol. Y así varios días y varias noches sin descanso, y siempre con el mismo resultado: nada.
El astro parecía que lloraba tanto como el niño. Y parecía que estaba tan cansado como él ya que cada vez era más pequeñito, y cada vez era menos resplandeciente. Hasta que una noche ya no vino. Él joven la esperó haciendo guardia en su jardín, en vela, sin que se presentara a su cita. Así durante varias jornadas: escudriñando entre las estrellas en la penumbra y sollozando mañanas y tardes.
Hasta que un día la Luna regresó, flaca y desmejorada pero relumbrante. Cada noche más y más hasta que se hizo una bola gigante que parecía cubrir medio firmamento. “Hoy tiene que ser mía ¡está enorme! Será más fácil seguro”.
El niño tomó fuerzas de dónde pudo porque se sentía agotadísimo y se prometió que si no conseguía alcanzar la Luna esta vez desistiría, se tragaría el orgullo y se daría por vencido. “Preparados, listos… ¡ya!” gritó el chaval. Corrió como un galgo, saltó como un puma, se estiró lo indecible y esta vez… “¡No! no puede ser. No lo he conseguido. No puedo más, necesito descansar. Me rindo”.
El niño triste como nunca miró por última vez al cielo y, entre lágrimas, se despidió de la Luna. Se acostó en su cama y cerró los ojos.
Y se durmió.
Soñó que caminaba por un prado, atravesando un sendero. Subía una suave colina y en lo alto de la misma se paraba a admirar el paisaje cuando ante él vio de nuevo una preciosa Luna con su cara de eterna sorpresa mirándole fijamente. En ese momento se sintió con fuerzas, animado y confiado. “Y si lo pruebo ahora…” se dijo. Y lo probó. Bajó a paso ligero desde lo alto de la colina y saltó con suavidad. Se elevó un metro del suelo y extendió sus brazos. Siguió elevándose, cada vez más alto. Miró hacia abajo el sendero se hacía pequeño, podía ver todo el bosque colindante, luego el pueblo, los ríos… Y la Luna se hacía cada vez más grande, cada vez estaba más cerca. Entonces abrió los dedos de su mano y acarició el rostro de la Luna que pareció sonreírle.
Poco a poco fue descendiendo y al tocar suelo se despertó. Era de día, el Sol brillaba y su padre le miraba apoyado en el quicio de la puerta. “¿Estás bien? Te veo feliz”. Dijo. “Sí papa, he conseguido tocar la Luna esta noche”.
Anochecía cuando entre las rendijas de la persiana se coló una luz blanca que se dió de bruces con los párpados del pequeño despertándolo. Se acercó curioso a la ventana y observó como un globo brillante iluminaba el cielo. "¿Qué es?" le preguntó a su padre que fue a la habitación al escuchar a su hijo inquieto. "La luna", respondió. "Yo la quiero", dijo el niño. "Está muy lejos cariño. Ni con el salto más grande podrías tocarla".
"Sí que puedo" se dijo mascullando entre dientes al meterse en la cama de nuevo. “Sí que puedo, sí que puedo…” se fue repitiendo una y otra vez. Finalmente le pudo el orgullo y a tientas, sin hacer ruido para no alertar a sus padres, salió al jardín. Miró la noche estrellada y la Luna seguía allí colgada, luciendo blanca. Dió tres, cuatro, cinco pasos hacia atrás y empezó a correr. Saltó, alargó sus pequeños brazos y... No alcanzó siquiera a acariciarla. "No he corrido suficiente. ¡Otra vez!". Esta vez se alejó un poco más, arrancó con fuerza sintiendo la brisa en sus mejillas, saltó y... No pudo tampoco tocarla. "He corrido bien, me falló el impulso ¡Otra vez!". Apoyó su espalda en la pared, galopó con todas sus fuerzas y brincó como no lo hiciera nunca antes y... Sus pequeñas yemas seguían sin alcanzarla.
El Sol empezaba a desperezarse y la Luna se fue borrando entre intentos frustrados del niño hasta que finalmente desapareció. El crío volvió a su cuarto llorando. En todo el día apenas probó bocado pensando qué hizo mal. "No alargué los brazos, no estiré los dedos como debiera, tengo que subirme a un taburete...".
Al hacerse de noche la Luna volvió a mostrarse, esta vez entre nubes peregrinas pero aún bella y centelleante. El chico corrió como nunca, saltó como nunca, estiró los brazos como nunca, los dedos como nunca, saltó de taburetes, sillas, sillones… y nada. Amaneció, y nada.
Pasó el día gimoteando por la nueva derrota pero barruntado nuevas estrategias para cuando se fuera el Sol. Y así varios días y varias noches sin descanso, y siempre con el mismo resultado: nada.
El astro parecía que lloraba tanto como el niño. Y parecía que estaba tan cansado como él ya que cada vez era más pequeñito, y cada vez era menos resplandeciente. Hasta que una noche ya no vino. Él joven la esperó haciendo guardia en su jardín, en vela, sin que se presentara a su cita. Así durante varias jornadas: escudriñando entre las estrellas en la penumbra y sollozando mañanas y tardes.
Hasta que un día la Luna regresó, flaca y desmejorada pero relumbrante. Cada noche más y más hasta que se hizo una bola gigante que parecía cubrir medio firmamento. “Hoy tiene que ser mía ¡está enorme! Será más fácil seguro”.
El niño tomó fuerzas de dónde pudo porque se sentía agotadísimo y se prometió que si no conseguía alcanzar la Luna esta vez desistiría, se tragaría el orgullo y se daría por vencido. “Preparados, listos… ¡ya!” gritó el chaval. Corrió como un galgo, saltó como un puma, se estiró lo indecible y esta vez… “¡No! no puede ser. No lo he conseguido. No puedo más, necesito descansar. Me rindo”.
El niño triste como nunca miró por última vez al cielo y, entre lágrimas, se despidió de la Luna. Se acostó en su cama y cerró los ojos.
Y se durmió.
Soñó que caminaba por un prado, atravesando un sendero. Subía una suave colina y en lo alto de la misma se paraba a admirar el paisaje cuando ante él vio de nuevo una preciosa Luna con su cara de eterna sorpresa mirándole fijamente. En ese momento se sintió con fuerzas, animado y confiado. “Y si lo pruebo ahora…” se dijo. Y lo probó. Bajó a paso ligero desde lo alto de la colina y saltó con suavidad. Se elevó un metro del suelo y extendió sus brazos. Siguió elevándose, cada vez más alto. Miró hacia abajo el sendero se hacía pequeño, podía ver todo el bosque colindante, luego el pueblo, los ríos… Y la Luna se hacía cada vez más grande, cada vez estaba más cerca. Entonces abrió los dedos de su mano y acarició el rostro de la Luna que pareció sonreírle.
Poco a poco fue descendiendo y al tocar suelo se despertó. Era de día, el Sol brillaba y su padre le miraba apoyado en el quicio de la puerta. “¿Estás bien? Te veo feliz”. Dijo. “Sí papa, he conseguido tocar la Luna esta noche”.
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