Hermana
Creo recordar el momento.
Yo andando despistado por el pasillo, derechito al tercer cajón del mueble negro donde descansaban los juguetes...y mi padre parándome para comunicarme la buena nueva: “Has tenido una hermana”.
“Papá, ¿qué es una hermana?”.
Creo recordar el momento. Aunque vagamente.
El día que llegó mi madre de la clínica. Yo con cuatro años asomado a la cuna, soprendido, viendo como aquello que denominaban “mi hermana”, dormía tranquilamente. Lo que no alcanzo a recordar es a mi madre embarazada. A veces pienso que mi hermana nació de un día para otro, sin previo aviso. Me imagino a mi madre diciendo el día antes... “¡Cucha! ¿Qué es este bulto? A ver si me he embarazado y yo sin enterarme ¡Tela marinera! Bueno, le tendremos que poner nombre,¿no? A ver... ¡Romáaaaaaan! ¿Qué nombre le ponemos a tu hermana?”.
Y yo, pequeñito y cabezón, dije mientras jugaba con mi Mazinger.. “Mmmmm.¿Nuria?”
El nombre fue pues responsabilidad mía. Según cuenta la mitología familiar, parece ser que me gustaba alguien en la guardería con ese nombre. Sabiendo como soy, sospecho que el “mito” sobre el nombre de mi hermana es cierto. ¡Menos mal que no me gustaba una Hermenegilda o una Clotilde!
Pasaron algunos años y hubo un día que... bueno. A mi las pequeñas responsabilidades siempre se me han hecho grandes y, de la misma manera que pierdo las llaves por casa o la cartera en un avión, se me puede llegar a caer una hermana escaleras abajo.
Tenía yo años pero aún pocos cuando se me encargó hacer llegar a Nuria del cole a casa sana y salva. Me costó lo mío. Recuerdo que, no sé cómo ni porqué -quizás se lanzó de cabeza por experimentar- en un instante la vi bajar todos y cada uno de los peldaños de la escalera que llevaban hacia la salida. Guardo una imagen extraña de ese “suceso”, como si la susodicha escalera se fuera alargando por momentos, como si hubiera tardado dos semanas en recorrer todo el camino. Por poco me cuesta una hermana ese día. Años después me resarcí salvándola de las salvajes oleadas de un encabritado mar malagueño.
Crecimos a base de Cheiws de fresa ácida, Calippos y flashes de duro mientras bailábamos al son de la sintonía de Barrio Sésamo (daaadada, dadadá...). Crecimos comiendo lentejas los lunes, jugando a barbies y he-mans o a camas que sobrevolaban mágicamente el mundo entero. Crecimos escuchando a los Álvarez, Romance, García... falsificando firmas en aquellas enfermizas cartillas naranjas de la Academia Bertrán. Crecimos aquí delante, en la plaza, con Olgas, Roseres, Reneses...
A cambiado todo un poco. En un principio, por ejemplo, ya no hay plaza. Y el lugar donde aprendimos a ir en bici ahora se llama Chumi-Churri. Y allá donde jugábamos a saltar a la cuerda o a las chapas hoy están proyectando la última película del Spielberg. Parece el típico discurso de un viejo, ¿verdad?. Ya son unos años al fin y al cabo. Sobretodo los míos que ya estoy acercándome a los 30.
Mi hermana seguía creciendo y durante un tiempo, aunque vivíamos en la misma casa - yo siempre en la habitación grande y ella en la pequeña - pués parece que la comunicación no era lo nuestro. Yo culpo a la adolescencia que nos tenía entretenidos en otras cosas. Pero lo que separó la pubertad lo rejuntó la madurez.
Una madurez que vamos alcanzando juntos, a veces con buenas experiencias, y una gran sonrisa dibujada en nuestras caras y con Norah Jones sonando de fondo. Otras veces superando malos momentos y con lágrimas surcando la mejilla. Quiero agradecer a mi hermana el hecho de que haya estado ahí estos últimos tiempos y confesarle que, de todos aquellos que quiero, de todos aquellos con los que comparto mi vida, es contigo con quién he tenido un margen más grande de confianza. Me he confesado ante ti y, sinceramente, me has salvado. Te quiero.
Yo andando despistado por el pasillo, derechito al tercer cajón del mueble negro donde descansaban los juguetes...y mi padre parándome para comunicarme la buena nueva: “Has tenido una hermana”.
“Papá, ¿qué es una hermana?”.
Creo recordar el momento. Aunque vagamente.
El día que llegó mi madre de la clínica. Yo con cuatro años asomado a la cuna, soprendido, viendo como aquello que denominaban “mi hermana”, dormía tranquilamente. Lo que no alcanzo a recordar es a mi madre embarazada. A veces pienso que mi hermana nació de un día para otro, sin previo aviso. Me imagino a mi madre diciendo el día antes... “¡Cucha! ¿Qué es este bulto? A ver si me he embarazado y yo sin enterarme ¡Tela marinera! Bueno, le tendremos que poner nombre,¿no? A ver... ¡Romáaaaaaan! ¿Qué nombre le ponemos a tu hermana?”.
Y yo, pequeñito y cabezón, dije mientras jugaba con mi Mazinger.. “Mmmmm.¿Nuria?”
El nombre fue pues responsabilidad mía. Según cuenta la mitología familiar, parece ser que me gustaba alguien en la guardería con ese nombre. Sabiendo como soy, sospecho que el “mito” sobre el nombre de mi hermana es cierto. ¡Menos mal que no me gustaba una Hermenegilda o una Clotilde!
Pasaron algunos años y hubo un día que... bueno. A mi las pequeñas responsabilidades siempre se me han hecho grandes y, de la misma manera que pierdo las llaves por casa o la cartera en un avión, se me puede llegar a caer una hermana escaleras abajo.
Tenía yo años pero aún pocos cuando se me encargó hacer llegar a Nuria del cole a casa sana y salva. Me costó lo mío. Recuerdo que, no sé cómo ni porqué -quizás se lanzó de cabeza por experimentar- en un instante la vi bajar todos y cada uno de los peldaños de la escalera que llevaban hacia la salida. Guardo una imagen extraña de ese “suceso”, como si la susodicha escalera se fuera alargando por momentos, como si hubiera tardado dos semanas en recorrer todo el camino. Por poco me cuesta una hermana ese día. Años después me resarcí salvándola de las salvajes oleadas de un encabritado mar malagueño.
Crecimos a base de Cheiws de fresa ácida, Calippos y flashes de duro mientras bailábamos al son de la sintonía de Barrio Sésamo (daaadada, dadadá...). Crecimos comiendo lentejas los lunes, jugando a barbies y he-mans o a camas que sobrevolaban mágicamente el mundo entero. Crecimos escuchando a los Álvarez, Romance, García... falsificando firmas en aquellas enfermizas cartillas naranjas de la Academia Bertrán. Crecimos aquí delante, en la plaza, con Olgas, Roseres, Reneses...
A cambiado todo un poco. En un principio, por ejemplo, ya no hay plaza. Y el lugar donde aprendimos a ir en bici ahora se llama Chumi-Churri. Y allá donde jugábamos a saltar a la cuerda o a las chapas hoy están proyectando la última película del Spielberg. Parece el típico discurso de un viejo, ¿verdad?. Ya son unos años al fin y al cabo. Sobretodo los míos que ya estoy acercándome a los 30.
Mi hermana seguía creciendo y durante un tiempo, aunque vivíamos en la misma casa - yo siempre en la habitación grande y ella en la pequeña - pués parece que la comunicación no era lo nuestro. Yo culpo a la adolescencia que nos tenía entretenidos en otras cosas. Pero lo que separó la pubertad lo rejuntó la madurez.
Una madurez que vamos alcanzando juntos, a veces con buenas experiencias, y una gran sonrisa dibujada en nuestras caras y con Norah Jones sonando de fondo. Otras veces superando malos momentos y con lágrimas surcando la mejilla. Quiero agradecer a mi hermana el hecho de que haya estado ahí estos últimos tiempos y confesarle que, de todos aquellos que quiero, de todos aquellos con los que comparto mi vida, es contigo con quién he tenido un margen más grande de confianza. Me he confesado ante ti y, sinceramente, me has salvado. Te quiero.
Comentarios
Saludos,
Joan Manel Asensio