Ojo de palo

La conocí en un concurrido bar del centro entre bravas, palillos y vasos huérfanos.
"Ya te llamaré". "¡Sí, ya! ¡Cómo las demás! " se dijo mi yo mudo.


Pero sí que llamó, ¡mira por dónde! Y quedamos ayer para cenar.
Era mi primera cita después de mucho tiempo y todo tenía que salir bien.
Fui a comprarme ropa nueva (la que va por dentro y la que va por fuera), fui a la peluquería a arreglarme este flequillo escaso que cada día retrocede más refugiándose en la coronilla. Me perfumé, me duché lo no duchado... llegaba tarde.
Me acabé de vestir como pude y mientras me cinturoneaba llamaba al ascensor, y mientras me abrigaba corría hacia el metro.
Bonotren caducado, taquilla cerrada, billete de cinco arrugado..."¡No llego, no llego!"
Salté la valla y desde la escalera pude escuchar el maldito pipipí gritando "¡pasajeros al tren!" y justo llegué para introducir cabeza y pierna.
La puerta no cedió, es más, me golpeó repetidamente hasta más de dos veces. Y ahora tengo un ojo de palo y una pata de vidrio.

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