Los dados de Julio (I)
Los dados de Julio
En el piso de mármol del Olimpo resuena el golpeteo de unos dados buscando número. Hades y su hermano se juegan el mando del inframundo, de la tierra y de los cielos. "Un siete, dadme un siete" murmura entre dientes Zeus y -sumando- siete dieron los cubos olímpicos. La discusión fue de órdago, la declaración de guerra fraternal se juró eterna. Afrodita, alertada por el griterio, intentó mediar pero el conflicto familiar no tenía visos de solucionarse. Huyó asustada de la sala principal del templo tapándose los oídos cuando tropezó con los dados de la discordia que guardó bajo su túnica sigilosamente.
Pasaron los siglos y los antiguos dioses languidecieron, murieron o se mutaron. Afrodita perduró en otra tierra con el nombre de Venus. En su nueva patria echó raíces con fuerza, tanto como que uno de sus descendientes -Eneas, un antiguo noble troyano- fue antepasado directo de los gemelos fundadores de la ciudad y, siglos más tarde, pariente lejanísimo de una prominente familia romana de nomen Iulia.
De padres a hijos, de abuelos a nietos fueron pasando historias que más tarde fueron cuentos y finalmente ecos sin apenas sentido de leyendas fundacionales. Pero además de eso todo Julio recibió de su padre un pequeño saco con vetustos dados de madera en su interior.
Aproximadamente en el año 600 después de la fundación de la orbe, la familia Iulia seguía siendo patricia pero de escasa fortuna y menor ascendencia política sobre el sino de la ciudad. Era verano cuando el pequeño Julio Caesar vino al mundo. El parto se complicó y a la madre tuvieron que abrirle el vientre para sacar a la criatura. Por suerte todo fue bien y el pequeño César creció fuerte e inteligente. A los 16 años, recién estrenada la toga virilis, el padre del joven Julio murió repentinamente calzándose unas botas. Como herencia recibió poco más que deudas y un saquito de cuero con dos cubos desgastados. Triste por la perdida y por la mala fortuna de su familia se encerró en su cuarto maldiciéndose y deseando un futuro mejor para él y los suyos. Entre lágrimas y agravios a los dioses y a la podrida política romana, el niño César se apostó consigo mismo que si al lanzar los dados salía un siete algún día marcharía con un gran ejército hacia Roma para recuperar el honor de los suyos y así devolverle al pueblo que su gens fundó el prestigio que un corrupto senado y la República se habían propuesto dilapidar.
Los dados marcaron siete.
(Continuará)
En el piso de mármol del Olimpo resuena el golpeteo de unos dados buscando número. Hades y su hermano se juegan el mando del inframundo, de la tierra y de los cielos. "Un siete, dadme un siete" murmura entre dientes Zeus y -sumando- siete dieron los cubos olímpicos. La discusión fue de órdago, la declaración de guerra fraternal se juró eterna. Afrodita, alertada por el griterio, intentó mediar pero el conflicto familiar no tenía visos de solucionarse. Huyó asustada de la sala principal del templo tapándose los oídos cuando tropezó con los dados de la discordia que guardó bajo su túnica sigilosamente.
Pasaron los siglos y los antiguos dioses languidecieron, murieron o se mutaron. Afrodita perduró en otra tierra con el nombre de Venus. En su nueva patria echó raíces con fuerza, tanto como que uno de sus descendientes -Eneas, un antiguo noble troyano- fue antepasado directo de los gemelos fundadores de la ciudad y, siglos más tarde, pariente lejanísimo de una prominente familia romana de nomen Iulia.
De padres a hijos, de abuelos a nietos fueron pasando historias que más tarde fueron cuentos y finalmente ecos sin apenas sentido de leyendas fundacionales. Pero además de eso todo Julio recibió de su padre un pequeño saco con vetustos dados de madera en su interior.
Aproximadamente en el año 600 después de la fundación de la orbe, la familia Iulia seguía siendo patricia pero de escasa fortuna y menor ascendencia política sobre el sino de la ciudad. Era verano cuando el pequeño Julio Caesar vino al mundo. El parto se complicó y a la madre tuvieron que abrirle el vientre para sacar a la criatura. Por suerte todo fue bien y el pequeño César creció fuerte e inteligente. A los 16 años, recién estrenada la toga virilis, el padre del joven Julio murió repentinamente calzándose unas botas. Como herencia recibió poco más que deudas y un saquito de cuero con dos cubos desgastados. Triste por la perdida y por la mala fortuna de su familia se encerró en su cuarto maldiciéndose y deseando un futuro mejor para él y los suyos. Entre lágrimas y agravios a los dioses y a la podrida política romana, el niño César se apostó consigo mismo que si al lanzar los dados salía un siete algún día marcharía con un gran ejército hacia Roma para recuperar el honor de los suyos y así devolverle al pueblo que su gens fundó el prestigio que un corrupto senado y la República se habían propuesto dilapidar.
Los dados marcaron siete.
(Continuará)
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