Érase una vez un pequeño reino gobernado por un rey cascarrabias. Llegó un día en que, a su majestad, todo le molestaba: Si el engalanamiento del castillo le parecía chillón se lo hacía saber de malas maneras a los decoradores reales. Si el agua de su baño no estaba a la temperatura adecuada gritaba enfurismado a los ayudantes de cámara. Si el bufón no le hacía reír -nunca lo conseguía- le encerraba en las mazmorras una semana a pan y agua. Si la cena no era de su gusto -nunca lo era- insultaba a los cocineros. Así con todos: a los clérigos por sus sermones, a los labriegos por una mala cosecha, al herrero, al panadero, al sastre, al tabernero... Todo el mundo evitaba cruzarse con el rey malhumorado para ahorrarse una riña. Pero no siempre fue así, no. Hubo un tiempo en el que todo era alegría y en el reino se conocía al monarca por el "rey bonachón": Si un joven corneta desafinaba en una justa su majestad reía y lo animaba a mejorar. Si el escudero preparaba mal ...