El rey cascarrabias

Érase una vez un pequeño reino gobernado por un rey cascarrabias. Llegó un día en que, a su majestad, todo le molestaba: 

Si el engalanamiento del castillo le parecía chillón se lo hacía saber de malas maneras a los decoradores reales. Si el agua de su baño no estaba a la temperatura adecuada gritaba enfurismado a los ayudantes de cámara. Si el bufón no le hacía reír -nunca lo conseguía- le encerraba en las mazmorras una semana a pan y agua. Si la cena no era de su gusto -nunca lo era- insultaba a los cocineros. Así con todos: a los clérigos por sus sermones, a los labriegos por una mala cosecha, al herrero, al panadero, al sastre, al tabernero... Todo el mundo evitaba cruzarse con el rey malhumorado para ahorrarse una riña. 

Pero no siempre fue así, no. Hubo un tiempo en el que todo era alegría y en el reino se conocía al monarca por el "rey bonachón":

Si un joven corneta desafinaba en una justa su majestad reía y lo animaba a mejorar. Si el escudero preparaba mal la montura del caballo el rey bromeaba, le daba una palmada cariñosa en la espalda para darle ánimos y le enseñaba pacientemente cómo se debía hacer.

De un día para otro todo cambió y nadie se interesó en saber porqué. Ni los súbditos, ni los sirvientes, ni la propia corte real. Cada vez iba a peor. Con todo el pueblo reñía, incluso con los príncipes y la reina. 

Su hijo mayor acabó enrolándose en lejanas cruzadas para huir del cascarrabias de su padre. La princesa -otrora su ojito derecho- casamentó con un duque con tierras en ultramar para estar lejos del rey. El hijo pequeño decidió hacerse monje de clausura y servir a Dios. Incluso su esposa la reina abandonó una noche a hurtadillas el castillo y se fue a vivir con una hermana suya. 

El monarca decía a todo esto henchido de orgullo herido "que se vayan, no los necesito". 

Viendo el pobre ejemplo que daban en su casa poco a poco fueron abandonando el castillo súbditos y sirvientes: bufón, cocinero, ayudante de cámara... Más tarde el herrero, el escudero, el panadero, el agricultor... El rey se quedó prácticamente solo en su reino. Y sentado en un trono de una enorme sala vacía y con la sola compañía de la reverberación de su voz chocando con los muros mascullaba para sus adentros... "que se vayan, no los necesito".

Restó habitando las tierras reales una humilde familia de artesanos. 

Una mañana se encontraron de frente al rey malhumorado y, apresuradamente, dieron la vuelta. Pero el hijo de seis años se dirigió con paso firme hacia el monarca. Éste se detuvo contrariado y preparado para hacer temblar al renacuajo que parecía desafiarle y que se paró a dos pasos de él. El niño le hizo una sencilla pregunta: "¿Porqué está enfadado?". El rey se sorprendió e intentó responderle severamente pero acabó por derrumbarse y confesando al pequeño súbdito que nadie se había preocupado por hacerle esa sencilla pregunta en todos aquellos años. Le explicó a la familia de artesanos que una disputa por unas tierras le llevó a enemistarse con un ser muy querido: su hermano. Ninguno cedió por puro orgullo, ni llegaron a más acuerdo que el de retirarse la palabra. Perder a su amigo, a su compañero de aventuras desde chico le fue carcomiendo el alma. En el fondo no le importaban unas míseras hectáreas de malas hierbas, pero no quiso ceder ante su hermano en su momento y ahora le daba vergüenza y coraje pedirle perdón.

Los padres del niño se ofrecieron a acompañarle y mediar en la disputa. Y así hicieron. Esperaron largas horas en las puertas del palacio del hermano del rey hasta que estas se abrieron de par en par. Los dos hermanos salieron entre risas y abrazos. Ambos agradecieron a aquella humilde familia de por vida su gesto y apoyo y rumores sobre la reconciliación llegaron a tierras lejanas. 

Paulatinamente volvieron aldeanos, sirvientes y finalmente príncipes y reina.

En aquél reino se prometieron todos preocuparse por el prójimo, preguntarse mutuamente con interés y sinceridad porqué estaban malhumorados y, sobretodo, tragarse el orgullo. 

Y, cómo no, fueron felices y comieron perdices durante generaciones.

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