A dormir
Érase una vez dos hermanos que no se cansaban nunca de jugar.
Un día decidieron que dormir era malgastar el tiempo, un montón de horas perdidas tontamente sin poder corretear ni brincar. Y dejaron de dormir.
Los primeros días disfrutaron como locos. Siempre se llevaron bien y les encantaba reirse y entretenerse sin tener en cuenta el "tictac" del reloj ni si oscurecía o salía el sol. Pero, sin saber porqué, empezaron a enfadarse jugando al pilla pilla, o al escondite, o con las canicas. Cualquier cosa les irritaba: "ese coche es mío", "has hecho trampa", "ya no te ajunto"...
Estaban en una plaza, dándose la espalda, sin hablarse, cada uno en su cansado recreo cuando una señora mayor que le daba de comer a las palomas se dirigió hacia ellos.
-Se os ve cansados chiquillos ¿acaso no dormís?
- No señora -dijo uno de los hermanos- así podemos jugar mucho más cada día.
-Pero si no descansáis por la noche no disfrutaréis durante el día. ¿A que cada vez os reís menos? ¿A que gozáis menos de vuestros juguetes?
-Sí, la verdad es que sí. ¡Pero dormir es taaaaaan aburrido! -sentenció el otro hermano .
A lo que la anciana respondió...
-¡Qué va muchacho! Cuando se cierran los ojos podéis viajar dónde queráis. ¡La imaginación es el mejor juguete de todos! Y al día siguiente os sentiréis con fuerza y mucho más alegres. Tenéis que dormir y soñar. Eso, soñar.
-¿Y cómo se hace eso de soñar? -inquirió uno de los niños.
-Vosotros tumbaos en la cama, apagad la luz, cerrad los ojos, relajaos y empezad a explicaros un cuento, en silencio o en voz alta, como deseeis. Poco a poco la voz se hará lejana pero las imágenes en vuestra cabezas vivas y enérgicas. Entonces estaréis soñando.
Los dos hermanos se fueron corriendo a casa e hicieron lo que la vieja de las palomas les indicó. Y durmieron, soñaron y fueron felices desde el amanecer al ocaso durante toda su vida.
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