Historias de familia y de desarraigo

En agosto de 1951 nace mi padre en un pequeño pueblo de Jaén. Su padre es hemofílico y lleva unos días enfermo. Tiene apendicitis, o lo que es lo mismo, está desahuciado, condenado a muerte. Pero tiene tiempo de ver a su hijo, incluso de ir a registrarlo aun con tremendos dolores. Diez días después de ver nacer a mi padre mi abuelo muere. Mi abuela entra en un estado de shock brutal y es prácticamente incapaz de cuidar de su hijo. A principios de los años 50 no era fácil que un médico te tratara depresiones post-traumáticas o sea lo que fuere lo que le pasara mi abuela. Mi padre abandona el pueblo de sus antepasados y viaja con su familia materna a Ponferrada dejando atrás la mitad de su herencia, a la familia de su apellido paterno. De hecho llamará "papa" en lo venidero a su tío Luis, hermano de su madre. Y en el Bierzo creció mientras los suyos trabajaban por un mísero jornal en las minas. Los niños de allí le llamaban "fulero andaluz" pero, por lo que me explicó, era feliz.

Volvió a arreciar el hambre y la necesidad de mejorar y la familia tuvo que volver a emigrar. Viajaron a Sabadell con lo puesto. No podías viajar con más, ni con un juguete, porque si la policía te veía con algo que significara que ibas a establecerte en Madrid o Barcelona te deportaban. Te metían de nuevo en el tren de vuelta a donde fuera. Mi padre siempre recordaba lo triste y gris que le pareció Sabadell al llegar. Lo duro que fue para él dejar atrás a sus amigos y el paisaje en el que se había criado. De la misma manera que fue duro para sus padres y sus abuelos dejar atrás su casa, su tierra, su gente y su cultura.

En Sabadell se quedaron. Al principio como todos los inmigrantes: viviendo en barracas o en cuevas. Luego trabajando todos en fábricas textiles en extenuantes jornadas de 12 horas, sábados incluídos, con las pagas bajas de los Estruch, Bose y Llonch correspondientes. La vida del trabajador andaluz, murciano o catalán era dura. Pero había trabajo. Y mi padre conoció a mi madre, se casaron, tuvieron casa y tuvieron hijos sabadellenses. Y luchó por el fin de la dictadura y por un Estatut d'Autonomia. Pero siempre fue un fulero andaluz en una tierra que amaba.

Mi abuela materna era madrileña. Se enamoró de joven de un socialista al que acompañaba por amor en reuniones clandestinas. Una vez la policía franquista hizo una redada. Ella no pudo huir y la metieron en la cárcel varios años. Su padre cordobés y su madre toledana la repudiaron y salió de la cárcel embarazada, durmiendo en bancos a la intemperie en Madrid. Tuvo a mi madre sola en la Inclusa de Chamberí. En prisión se hizo amiga de Encarna, una mujer que detuvieron en Córdoba años atrás por pasar comida a los maquis, la resistencia antifranquista. Me han contado que cuando la capturaron la pasearon desnuda por su pueblo, simplemente ataviada con un capirote y un cartelito colgado al cuello que ponía "roja". Encarna tenía dos hijos, Florencio y Paco que tuvieron que vivir varios años sin padre ni madre. Luego emigraron a Cardona a trabajar como tantos otros en las minas de sal. Cuando Encarna salió de la cárcel se reunió con sus hijos allí y se trajo consigo a Carmen, mi abuela, y a mi madre que llamaron Encarna también. Paco y Carmen se casaron poco después y mi madre adoptó el apellido Mesa de mi abuelo Paco que con mucho orgullo es también mi apellido. Y de Cardona también fueron a Sabadell. Trabajaron también todos durantes largas jornadas y vivieron en barracas.

Al tiempo mi madre conoció a mi padre, se casaron, tuvieron su casa e hijos sabadellenses.

Y yo siento que estoy en casa cuando veo la Mola, la montaña emblemática de mi comarca. Y me siento en casa cuando mi abuela canta las canciones que aprendió de su abuelo y que este aprendió de su abuelo en un pequeño pueblo de Jaén.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La cuerda

El niño que descubrió la Luna

Efeméride