Cuento del Arco Iris
Érase una vez un gallo que cacareó muy fuerte, más que nunca. Se cuenta que hubo un día que el Sol amaneció malhumorado y brilló como jamás se había visto. Estaba tan rabioso que a cada hora que pasaba y a medida que escalaba el cielo hacía más y más calor. Los niños que jugaban en los parques empezaron a sudar, a tener sed y hubo un momento que tuvieron que guarecerse en la sombra o volver a casa porque el bochorno resultaba asfixiante. Los columpios y toboganes se vaciaron y al Sol no parecía importarle. Unas nubes lejanas que sobrevolaban el mar lo vieron y decidieron cargarse de agua y cubrir el firmamento entero. Empezaron a descargar lluvia y refrescar el ambiente. Los niños volvieron a las plazas a jugar con los charcos. Pero el Sol que seguía enfadado brilló aún con más ímpetu y sopló y sopló intentado despejar el cielo. Las nubes no pensaban retirarse e hicieron llover más. La lucha encarnizada provocó rayos tremendos. Tan estruendosos eran los truenos y cayó tanta agua que los niños huyeron de nuevo y las calles volvieron a vaciarse. Al cabo de un rato ya exhaustos por la batalla, Sol y nubes se tomaron un respiro, miraron abajo y vieron cuán desolada estaba la tierra que entristecieron. Pactaron una tregua, dialogaron e hicieron las paces. El Sol se comprometió a no brillar con tanta fuerza y los nubarrones decidieron dispersarse. Los chiquillos se asomaron a los balcones y el clima era tan agradable que salieron todos en tropel a celebrarlo en sus atracciones favoritas y con sus juegos favoritos. El astro y las nubes se alegraron tanto de ver tanta vida allí debajo que se fundieron en un gran abrazo del cual nació una colosal bóveda multicolor que rodeó el cielo y que dejó boquiabierto a todo el mundo. Lo llamaron Arco Iris, la sonrisa del firmamento, y siguió fascinando a los hijos de los hijos de aquellos niños hasta nuestros días.
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